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jueves, 5 de diciembre de 2013

El ruso al que no leí mis poemas

(Presentación de Juan Ramón Santos)

Siempre me han fascinado las historias de individuos que van a parar a un lugar que de entrada no es el suyo, a un lugar distinto del que figura en su documento de identidad o del lugar, siempre tan propio, donde estudió el bachillerato. Mi fascinación aumenta, además, cuando la relación entre el lugar de origen y el destino es lejana, confusa, esquiva a cualquier lógica, y aún crece más cuanto mayor sea el número de peripecias, de metas volantes, que uno intuya entre la partida y la llegada. Si digo intuir, y no leer, es porque no estoy hablando de libros, ni de Literatura, sino de la vida real, y aunque mi fascinación pueda ampliarse en abstracto a cualquier destino, tampoco estoy hablando de un lugar cualquiera, sino de uno en concreto, de esta ciudad, de mi ciudad, de Plasencia. Tal vez en el origen de esa fascinación, de mi curiosidad por conocer las razones que ha traído a gente de otros lugares hasta aquí, esté el placer, tan literario, de recrearme en las caprichosas tramas que suele trenzar el azar con nuestras vidas, pero también creo que detrás de todo esto hay una necesidad personal, la de descubrir que en algunos de esos casos la llegada no es fruto de la casualidad, sino el resultado de una voluntad deliberada, del deseo de vivir aquí y no en ninguna  otra parte, supongo que porque esas decisiones ajenas me hacen sentirme reforzado en mi propia decisión de permanecer en este lugar, en el sitio donde nací, en esta ciudad que amo, pero que también algunos ratos aborrezco.
            Marian Castillo, la autora de El ruso al que no leí mis poemas, es la protagonista de una de esas historias. En su caso, por ser hija de una familia española emigrada en Venezuela, su historia tiene algo de regreso, de vuelta al origen, circunstancia que alumbra su peripecia con una cierta lógica, sí, pero que la vuelve, al mismo tiempo, por el carácter rotundamente circular del recorrido, más compleja y fascinante. Marian, que ha vivido, pues, a un lado y otro del océano, es periodista, está especializada en labores editoriales y ha trabajado como redactora, lectora, correctora, editora y docente en diversas empresas e instituciones de España y Venezuela. Reconozco que muchos de estos datos los sé por la solapa y el prólogo del libro, pues a Marian la conocí en el taller literario de la Universidad Popular y hasta ahora casi lo único que de verdad sabía de ella, aparte de algunos mínimos datos biográficos, es que escribe estupendamente y que gracias a ello ha ido ganando diversos premios literarios.
            Por todos eso motivos, porque detrás de Marian hay un largo periplo que, ya por casualidad, ya por una voluntad deliberada, la ha traído hasta esta ciudad, porque me parece una persona inteligente, capaz de decir cosas interesantes y capaz, además, de contárnoslas magníficamente por escrito, recibí con gran alegría la publicación de El ruso al que no leí mis poemas. Por eso lo compré enseguida, por eso comencé a leerlo de inmediato, y por eso ahora, después de haber leído de un tirón sus relatos y de haberlos repasado con calma para hacer esta presentación, puedo decirles que el libro no me ha decepcionado en absoluto, e incluso permitirme el lujo de adivinar que tampoco a ustedes les va a decepcionar.
            El ruso al que no leí mis poemas reúne diecisiete relatos de Marian Castillo, pero también recoge, por gentileza de Silda Cordoliani, la autora del prólogo, un poema que lleva por título “Bajo la tenaza de Mariscal” y que destaco, aparte de porque nos da la oportunidad de leer uno de esos poemas que el pobre ruso que aparece en el título no llegó jamás a escuchar, porque contiene un verso que explica, en buena medida, el porqué de estos relatos, que es también, quizás, la razón de ser primera de toda Literatura. “Los recuerdos son el material más combustible”, dice ese verso de Marian, y es, sin duda, la necesidad de enhebrar y dejar prendidos en la memoria esos recuerdos antes de que ardan la que está en el origen de muchos de estos cuentos, una necesidad que, como señala el texto de la solapa, resulta aún más acuciante en aquellos a quienes, tal vez por haberse visto obligados a marchar y comenzar de nuevo en otra parte, “les ha sido dada la añoranza como legado”.
            “Recuerdo apenas detalles de lo que sucedió después, como si alguien hubiera pasado el borrador sobre un pizarrón lleno de ecuaciones”, nos cuenta el sorprendente narrador del relato “La carrera” haciendo de paso una atinada descripción de la forma de actuar del olvido, que va emborronándolo todo, hundiéndolo en una maraña de cifras y letras y polvo de tiza de la que no siempre es fácil rescatar el pasado, de ahí que, para mantenerlo vivo, unos recurran a la escritura, otros a la fotografía, otros a repetir viejas anécdotas como una letanía, de ahí que, por poner un ejemplo del propio libro, un personaje de “La señora de la risa” grabe, antes de convertirse en viudo, la risa de su mujer, para, haciéndola sonar una y otra vez en el magnetófono, mantenerla siquiera un tiempo más con vida.
            En ocasiones, ese juego de recuerdo y olvido es abordado desde una perspectiva plural, como sucede en “La vida a ratos”, que puede considerarse como un ejercicio de evocación colectiva en tanto la narradora reconstruye la historia de amor entre su tío Jorge y María Teresa “con los comentarios de mi madre y sus amigas, con los chistes de mi padre cuando tomaba vino, con los silencios del tío Jorge cuando le preguntábamos por qué no se casaba”. Más claro, en este sentido, es el hermoso relato “Rosa y el mar”, en el que se describe, además, sutilmente la mecánica colectiva del olvido y en el que sólo la callada labor de la narradora, que rastrea entre las brumas del pasado un poco al modo de Patrick Modiano, logra salvar para el recuerdo una secreta historia de amor.
            En este orden de cosas, Silda Cordoliani menciona en su prólogo la saudade, ese sentimiento tan portugués que en parte podría describirse, utilizando los versos de Sabina que abren “Colores cálidos”, como la nostalgia de “añorar lo que nunca jamás sucedió”. Según Silda, la saudade “parece impregnar la mayor parte de los relatos” del libro de Marian, algo con lo que estoy completamente de acuerdo, no en vano la autora afirma en uno de ellos, en “La despedida”, que “la vida se vuelve más pequeña que los sueños”, una frase saudosa como pocas que bien podría utilizarse como leiv motiv de muchos de sus cuentos. Dice también a renglón seguido el prólogo que ese aire nostálgico de muchas historia de Marian “tiene mucho que ver con el tono autobiográfico de buena parte de ellos”, y tampoco le falta razón, pues aunque ninguno de los relatos de El ruso al que no leí mis poemas sea explícitamente autobiográfico, cuando leemos, por ejemplo, de nuevo en “Colores cálidos”, una frase como “vinieron cambios y mudanzas, idas y venidas que me han traído hasta una ciudad lejana, donde crecen mis hijos y camino preguntándome por el día a día para protegerme del futuro”, cuesta trabajo no saltarse las jerarquías de la narración y pensar directamente en la autora, cuya experiencia personal parece estar detrás de esas palabras, pero también detrás de multitud de detalles dispersos a lo largo de las páginas del libro y que gozan del enorme poder evocador de los célebres je me souviens de Georges Perec. Así, el pasado aflora con viveza cuando, por ejemplo, Marian recuerda en “La despedida” “la rabia que nos daba cuando se nos derramaba el jugo y nos mojaba el sándwich de la merienda”, o, en el relato “6A”, el “nada original juego de tocar el intercomunicador de algunos apartamentos, decir alguna broma y salir corriendo”, o cuando, una vez más en “Colores cálidos”, que es enormemente rico en pinceladas de este género, habla de los “recortes de revista cubiertos por plástico transparente” con los que la protagonista forraba sus libros escolares, del “tubo azul del jean y los zapatos Keds, que no eran Keds” que lucía un lejano amor adolescente, o se hace eco del grito agudo y febril de los Bee Gees sonando en un coche familiar cada mañana, camino del colegio.
            Otro tema recurrente en el libro, muy ligado al recuerdo y al olvido, es el de la desaparición, tema central de relatos como “El 6A”, “Rol en juego” o “Desniveles”, aunque también presente, en cierto modo, en otros, como “Rosa y el mar”, “Colores cálidos” o en el que da título al libro, “El ruso al que no leí mis poemas”, y muy ligada a la desaparición, claro, como forma de desaparición extrema, definitiva, estaría la muerte, que también nos sale al paso en cuentos como “La vida a ratos”, “El regalo” o “La señora de la risa”.
          Llegados a este punto tengo que decir que esta presentación ha venido tomando una deriva tan saudosa, tan melancólica, que se veía venir que nos acabaríamos dando de frente con la muerte, tan aciaga, tan negra, tan inoportuna, pero aún estamos a tiempo de rectificar, o de matizar lo dicho, porque les aseguro que, lejos de lo que pueda parecer, El ruso al que no leí mis poemas no es, en absoluto, un libro triste, saudoso quizá sí, pero no triste, dulcemente melancólico acaso, pero no triste, y que, de hecho, junto al nostálgico juego del recuerdo y el olvido podemos encontrar en él, entre otras cosas, amor, mucho amor, un amor que, con sus luces y sus sombras, constituye para la autora del prólogo el tema principal del libro, pero también calor, la tibieza reconfortante de pieles que se buscan, que se encuentran en cuentos como “Rojo pasión, verde esperanza” o “La prueba”, e ironía, mucha ironía, a veces incluso con un divertido punto de mala leche, y todo ello aderezado con multitud de elementos mágicos, inusuales, sorpresivos, que, en relatos como “La despedida” o “La habitación”, irrumpen con fuerza en medio de la historia como una puerta abierta de par en par a la esperanza, haciéndonos sonreír maravillados.       
             Para terminar, puede uno de los cuentos más curiosos y reveladores del libro sea “Zurcido invisible”, del que aún no hemos hablado. En él, Verónica, su protagonista, asustada por un repentino lapsus de memoria, decide tomar obsesiva nota en sus cuadernos de todo cuanto le sucede, sin reparar en que, como advierte la cita del poeta José Hernández que encabeza el texto, “olvidar lo malo también es tener memoria”. “Zurcido invisible” es un relato irónico y sorprendente que también puede leerse en clave metaliteraria, como metáfora del proceso de escritura, pues Verónica comienza a escribir como una forma de anclar la realidad cotidiana, de salvarla del paso devastador del tiempo, pero lo hace con tanto ahínco, con tanta pasión, que, según dice el relato, “con el tiempo se fue alejando del mundo y metiéndose en sus libretas”, pues “nada parecía interesarle más”, y, siguiendo esa deriva fatal, llega un momento casi mágico en que –sigue diciendo el relato– “las personas a su alrededor se convirtieron solo en la excusa para el mundo de su memoria, ir y venir entre pasajes conocidos, entre momentos vividos que ella cambiaba una y otra vez a su antojo, acomodando las conversaciones para hacer mejores los recuerdos”, sólo que para entonces, y aunque no lo supiera, llegada a ese punto en el que no le importa falsear la realidad con tal de hacerla más bella, Verónica ya no está haciendo memoria, sino Literatura, y por eso dice Marian que “las palabras eran ahora su única realidad, lo demás sólo una urgencia, y la vida, necesaria, pero no importante”. Para entonces, muchos de sus amigos la han abandonado y comienza a hacer chistes extraños, chistes que sólo puede comprender quien, como ella, está entregado en cuerpo y alma a jugar con las palabras, pero no voy a contarles más, no voy a desvelarles si, finalmente, Verónica se hunde en la locura, si se convierte en una escritora de éxito o si llega a recuperar, en algún momento, el vínculo con la realidad, es mejor que lo averigüen ustedes mismos. Sólo quiero decirles, para acabar, que el camino de Verónica es el camino de toda literatura, un sendero de ida y vuelta que une realidad y palabra, realidad y ficción, y que, pese a lo que pueda parecer a simple vista, no lleva de la verdad a la mentira, sino de una verdad a otra diferente y no menos verdadera, que el camino de Verónica es, a fin de cuentas, el mismo que ha seguido Marian Castillo para, jugando con las palabras y empleando los astutos mecanismos de la ficción, atrapar el mundo en los diecisiete estupendos relatos de El ruso al que no leí mis poemas.


lunes, 2 de diciembre de 2013

CUANDO EL HILO DE LA MEMORIA ES EL MISMO DE LAS PALABRAS

(Prólogo de Silda Cordoliani en el libro El ruso al que no leí mis poemas) 


Existen al menos dos tipos de nostalgia. Definiría a la primera como «concreta»: añoranza por algo perdido o pasado que desearíamos estuviera aún presente. La otra es un sentimiento menos asible, un sentimiento hasta próximo a la melancolía que no tiene necesariamente relación con experiencias pasadas. Nos abraza a veces a la hora del crepúsculo u oyendo por primera vez alguna acompasada canción en una lengua que incluso nos puede resultar por completo extraña. Tan especial es esta clase de nostalgia que, para mejor expresarla, el español ha incorporado en su diccionario una palabra original del portugués y el gallego cuyo significado, y sobre todo cadencia, se aproxima mucho más a esa sensación, a esa emoción: saudade.

***

Periodismo se llamaba antes en Venezuela la carrera universitaria que, en los años ochenta del siglo pasado, cambió su nombre por Comunicación Social, una manera de responder al auge de los nuevos medios y tecnologías que también reclamaban especialización. Pero, en todo caso, para el momento en que Marian Castillo la inicia, escogerla implicaba la carga de una inquietud muy precisa: la escritura, el trabajo con la palabra. Una pasión que nunca la ha abandonado y a la cual se ha dedicado en todas sus formas, como periodista propiamente, como docente y como cronista, poeta y narradora. A todo ello es necesario agregar su labor como editora en España y Venezuela tras su máster en Edición por la Universidad de Barcelona, España; así como también la apertura de la librería Paseo de Gracia, en Valencia, Venezuela, en actividad durante cinco años continuos.
De sus luminosas crónicas podemos encontrar constancia en los blogs que actualmente mantiene en línea: Colores cálidos y Del Jerte y sus alrededores. En cuanto a su poesía y narrativa (a excepción de algunos cuentos aparecidos en el libro Once cuentan en sábado, antología de los integrantes del taller de la escritora Laura Antillano en Valencia, Venezuela), seguro somos pocos los que hasta ahora hemos tenido la suerte de conocerlas. Y digo suerte, porque jamás olvidaré, por ejemplo, la emoción que me produjo (y me produce) la lectura de su poema «Bajo la tenaza de Mariscal», el cual me permito citar aquí completo.


Podríamos llamar sed ese esperar los viernes
a que saliera el barco hacia Mallorca.
Ver asomadas en el horizonte
tres islas redondas de gente desnuda
provocan un deseo a calmar con vino en el otoño
y esperar la madrugada sin abrigo.

Vacío salió el ferry aquel viernes que tu soga me ató al puerto.

Luego subí al teleférico y atravesé la playa
en una cabina que llamé helicóptero
roja y el fondo ocre.
Colón me apuntaba.

Volverían por última vez los tintos de verano
pero nunca más la escarcha en las ventanas
la alfombra de hojas
y el olor a albahaca de las ramblas en primavera.

Ese abril no llegaron las golondrinas.
El tiempo nos había abierto un paréntesis que ahora cerraba.

Hacía un año que los acróbatas habían bajado de Montjuic
solo quedaban algunas banderolas
y los pósters enrollados en el armario.

Tuvimos un San Juan y lo hicimos arder
los recuerdos son el material más combustible.
Tomamos cava y jugamos cartas
hasta que nos amaneció el primer día del verano.

Hicimos promesas que aún no hemos cumplido
y lancé deseos a lo eterno
para que las brujas se acordaran de mí
allí
palpitando sobre mi terraza
temblando en cada campanada.

Aquella noche me senté angustiada en las rodillas del apóstol.

La hoguera de San Juan se extinguía en la plaza,
junto a la fuente.

No resulta arriesgado afirmar que la periodista y la poeta afloran por igual en este libro, bien por el enigma que entrañan o por las anécdotas aptas para titulares de prensa. Algunos de estos cuentos, entre ellos El 6A y La carrera, me llevan a recordar el gran interés de la autora por el periodismo de investigación. Sin embargo, es en Desniveles donde podemos encontrar a un personaje perfectamente análogo a esa suerte de detective en que deben convertirse los periodistas de fuente tan delicada; aquí la narradora se deja arrastrar (¿en verdad o es solo en la imaginación?) por la incógnita que representa su protagonista hasta rozar ambientes sórdidos y oscuros, los mismos que (no por casualidad) deseaba plasmar en su «ejercicio de escritura».
Una cierta sordidez, siempre tratada con gran sutileza, asoma también en otros relatos como contraste a la limpidez y transparencia de su lenguaje y, en el caso preciso de Desniveles, incluso como contraste a la vida sencilla y plácida de quien suele sentarse en la plaza de un pueblo para ver pasar y saludar vecinos. En este sentido, notable es La prueba, capaz de contarnos un intercambio de parejas en medio de un espléndido ambiente nocturno y como el inicio del verdadero amor.
Y es que el amor, sin duda alguna, es aquí el tema principal. Empezando por ese primer enamoramiento o inicio de educación sentimental presente en Colores cálidos, hasta el peligroso, obsesivo y letal de La carrera. Entre ellos una extensa gama: aquel amor de toda la vida capaz de dar solo La vida a ratos; el imposible de Rosa y el mar; el que pudo ser posible de El ruso al que no leí mis poemas; el que está a punto de pasar la prueba máxima en Rojo pasión verde esperanza; el traidor de esa suerte de fábula intemporal titulada El hechizo, así como el condenado de las historias paralelas de Rol en juego. Aunque seguramente sea en el algo grotesco La señora de la risa donde se guarda la más grande historia de amor.
Otra obsesión, y también, de seguro, otro tipo de amor, se nos ofrece en El regalo, donde el destino del cazador no puede ser otro que lograr el último descanso acariciando su presa. Mención aparte merece La maleta, magnífico relato con visos de fantástico (género que hace guiños en algunos otros cuentos) donde «el otro» no es el doble pero sí el mismo.
Si alguien se preguntara qué une a todos estos cuentos tal vez encuentre la respuesta en uno de ellos. Se trata de ese «hilo de las palabras» con que la protagonista de Zurcido invisible se empeña en tejer recuerdos para al final, remedando a la sempiterna Penélope, destejerlos y perder para siempre el «hilo de la memoria». ¿Y qué otra cosa hace el escritor si no es tejer con palabras su propia memoria inventada?

***

Empecé hablando de la saudade porque ella parece impregnar la mayor parte de los relatos de este libro. Sin duda esa sensación tiene mucho que ver con el tono autobiográfico de buena parte de ellos, convocando, además, momentos de la infancia y la adolescencia. No obstante, eso no es suficiente para que un cuento despierte recónditas emociones. Hace falta un tratamiento que involucre al lector y le revele partes, no precisamente de su propia vida, más bien de su propia condición humana, como reclamaba Julio Cortázar. Creo que, en este sentido, la sabiduría que otorga la «distancia» resulta fundamental.
Y es que el narrador más recurrente de Marian Castillo, no importa si en primera o tercera persona, si en tiempo presente como en La habitación o en pasado como en La despedida, es capaz de ofrecer tanta distancia (como si los escribiera incluso desde otra dimensión) que la empatía que se reclama del receptor, más que dirigida a los personajes o a la acción, se prende de esa lejana, pero siempre involucrada y comprensiva, voz que los convoca. Cualidad que otorga a estos cuentos una cierta atmósfera de «vaporosidad» característica de los cielos inasibles entre el día y la noche, de esos ritmos que no sabemos por qué nos hieren placenteramente el corazón.



miércoles, 20 de noviembre de 2013

La Maleta (primera parte)

— Sé que este número es el 1358 que está en mi boarding pass y que coincide perfectamente con el 1358 que está en la etiqueta, pero le aseguro que esta no es mi maleta.
— Dígame cómo es su maleta.
— Mi maleta es una Samsonite, gris, mediana…
— Me está describiendo esta maleta, señor Jiménez.
— ¡No! yo no soy el señor Jiménez, mi nombre es Javier Gutiérrez. Mire señorita, le agradezco mucho su esfuerzo, pero no está solucionando mi problema, yo voy al hotel y mañana volveré, ¿puede tomar nota de mi reclamación? A ver si aparece la persona que se llevó mi maleta por equivocación, cuando eso ocurra, dígale que yo tengo la suya, por favor.
— Sí, señor, tomaré nota, pero hasta el momento esta es la única reclamación… señor…

La muchacha de cabello castaño bajo el gorrito azul ahogó una risita maliciosa que compartió, después de unas palabras incomprensibles, con su compañera de mostrador de la aerolínea Space. Se alisó el uniforme, por si hubiera quedado una arruga del breve desparpajo, y dio la bienvenida al siguiente pasajero que la requería para otra información.

Javier Gutiérrez caminaba con el gesto molesto y a su paso provocaba que el aire se pusiera espeso, como si un mal presagio lo rodeara. Tropezaba y rezongaba, hasta que la molestia fue bajando y llegó a cierta tranquilidad que acabaría en desconcierto, pero eso sería más adelante. Debo calmarme, a ver qué hago, me iré al hotel a descansar, volar catorce horas seguidas no puede ser sano para nadie ―pensó Javier mientras buscaba un taxi para adentrarse en las luminosas calles de Pekín―.

Atardecía cuando cerró la puerta del auto. Dijo, lo mejor que pudo, ni hao mientras inclinaba la cabeza; inmediatamente entregó al chofer un papel con la dirección del espléndido Min Xiang que el gobierno de su país, a través del Ministerio de Comunicaciones, pagaba para que él participara en un encuentro de ingenieros especializados en ferrocarriles. Llegó a sentirse satisfecho, ser un viajero frecuente era una de las grandes posibilidades que le había dado sumar su talento ―el que ningún profesor universitario ni antiguo jefe había descubierto― al nuevo rumbo de su país. Consideró que el problema de la maleta era un inconveniente mínimo, una de las desventajas entre todas las ventajas de su nueva vida.

Ya conocía el hotel Min Xiang, ubicado en el distrito de Dongcheng. Los cincuenta kilómetros que lo separaban de su destino le permitían disfrutar de los últimos modelos en automóviles que pasaban a su lado y de la delicia de la multitud de gente en bicicletas, así como detallar la gigantesca urbe que se abría ahí mismo, delante de él, casi para él.

Entró al hotel y se convenció de que no había mejor lugar donde perder una maleta que en China, total ―pensó― iré al Mercado de la Seda y compraré la ropa baratísima y de las mejores marcas, todas imitaciones por supuesto, de esas que usa medio mundo. Sin embargo, apenas llegó al mostrador y quiso buscar de nuevo su cartera, con la que acababa de pagar al taxista, no pudo encontrarla, ni la cartera ni el pasaporte. Un sentimiento de abandono comenzó a subirle por el cuerpo, el miedo de un niño cuando sus padres llegan tarde a buscarlo al colegio. De su bolsillo solo salió un papel con unos números, los reconoció inmediatamente, era la clave para abrir su maleta, pero aquellos dígitos no habían sido escritos por él, estaba seguro de eso.

Intentó comunicarse en su mal inglés, pero el inglés de la china que le tocaba guardia esa noche era peor que el suyo. Aturdido, sin pasaporte, sin cartera y con una maleta ajena, se sentó en una butaca del salón buscando una solución en sus nublados pensamientos. No tuvo que utilizar los números del papel, se los sabía de memoria, abrió la maleta y apareció la lengüeta vinotinto de un pasaporte, tiró de él, lo hojeó pensando en el insensato que iba por el mundo y metía un pasaporte en una maleta que podía extraviarse. Dijo en voz alta, ese imbécil debe estar tan desesperado como yo, y curioseó el nombre, Germán Jiménez, el dueño de la maleta, lo único que Javier tenía seguro en medio de dieciséis millones de habitantes que hablan chino, solo chino, o casi solo chino en Pekín, esa noche a las nueve, doce horas menos en Caracas, las ocho de la mañana en Nueva York y las dos de la tarde en Madrid.

El pasaporte tenía varios sellos y de sus páginas salió un papel con una dirección escrita: Shongan Hotel Suijachang Beijing Dongcheng. ¡Dongcheng! al menos era el mismo distrito donde él estaba. Tomó un mapa de una mesa y trató de ubicarse, caminó hasta el sitio, que estaba bastante alejado, un callejón sucio y oscuro albergaba el hotelucho de mala muerte. Entró y la recepcionista lo miró de manera casi bondadosa y dijo en un castellano de restaurante chino, bienvenido señor Jiménez, lo esperábamos. Él trató de explicar que no era Jiménez y que por un azar tenía su maleta y documentos, pero que mañana solucionaría el problema, también preguntó si podría disponer de una habitación. Pero apenas comenzó a hablar se dio cuenta de que el castellano de su anfitriona se había acabado justamente después del saludo, sin embargo terminó de decirlo todo y finalizó con un piropo llanero, en fin, si ella no entendía nada…

(PUEDES ENCONTRAR EL TEXTO COMPLETO DEL RELATO LA MALETA EN EL LIBRO EL RUSO AL QUE NO LEÍ MIS POEMAS, DE EDICIONES ENTRETRÉS, BÚSCALO AQUÍ)