lunes, 2 de diciembre de 2013

CUANDO EL HILO DE LA MEMORIA ES EL MISMO DE LAS PALABRAS

(Prólogo de Silda Cordoliani en el libro El ruso al que no leí mis poemas) 


Existen al menos dos tipos de nostalgia. Definiría a la primera como «concreta»: añoranza por algo perdido o pasado que desearíamos estuviera aún presente. La otra es un sentimiento menos asible, un sentimiento hasta próximo a la melancolía que no tiene necesariamente relación con experiencias pasadas. Nos abraza a veces a la hora del crepúsculo u oyendo por primera vez alguna acompasada canción en una lengua que incluso nos puede resultar por completo extraña. Tan especial es esta clase de nostalgia que, para mejor expresarla, el español ha incorporado en su diccionario una palabra original del portugués y el gallego cuyo significado, y sobre todo cadencia, se aproxima mucho más a esa sensación, a esa emoción: saudade.

***

Periodismo se llamaba antes en Venezuela la carrera universitaria que, en los años ochenta del siglo pasado, cambió su nombre por Comunicación Social, una manera de responder al auge de los nuevos medios y tecnologías que también reclamaban especialización. Pero, en todo caso, para el momento en que Marian Castillo la inicia, escogerla implicaba la carga de una inquietud muy precisa: la escritura, el trabajo con la palabra. Una pasión que nunca la ha abandonado y a la cual se ha dedicado en todas sus formas, como periodista propiamente, como docente y como cronista, poeta y narradora. A todo ello es necesario agregar su labor como editora en España y Venezuela tras su máster en Edición por la Universidad de Barcelona, España; así como también la apertura de la librería Paseo de Gracia, en Valencia, Venezuela, en actividad durante cinco años continuos.
De sus luminosas crónicas podemos encontrar constancia en los blogs que actualmente mantiene en línea: Colores cálidos y Del Jerte y sus alrededores. En cuanto a su poesía y narrativa (a excepción de algunos cuentos aparecidos en el libro Once cuentan en sábado, antología de los integrantes del taller de la escritora Laura Antillano en Valencia, Venezuela), seguro somos pocos los que hasta ahora hemos tenido la suerte de conocerlas. Y digo suerte, porque jamás olvidaré, por ejemplo, la emoción que me produjo (y me produce) la lectura de su poema «Bajo la tenaza de Mariscal», el cual me permito citar aquí completo.


Podríamos llamar sed ese esperar los viernes
a que saliera el barco hacia Mallorca.
Ver asomadas en el horizonte
tres islas redondas de gente desnuda
provocan un deseo a calmar con vino en el otoño
y esperar la madrugada sin abrigo.

Vacío salió el ferry aquel viernes que tu soga me ató al puerto.

Luego subí al teleférico y atravesé la playa
en una cabina que llamé helicóptero
roja y el fondo ocre.
Colón me apuntaba.

Volverían por última vez los tintos de verano
pero nunca más la escarcha en las ventanas
la alfombra de hojas
y el olor a albahaca de las ramblas en primavera.

Ese abril no llegaron las golondrinas.
El tiempo nos había abierto un paréntesis que ahora cerraba.

Hacía un año que los acróbatas habían bajado de Montjuic
solo quedaban algunas banderolas
y los pósters enrollados en el armario.

Tuvimos un San Juan y lo hicimos arder
los recuerdos son el material más combustible.
Tomamos cava y jugamos cartas
hasta que nos amaneció el primer día del verano.

Hicimos promesas que aún no hemos cumplido
y lancé deseos a lo eterno
para que las brujas se acordaran de mí
allí
palpitando sobre mi terraza
temblando en cada campanada.

Aquella noche me senté angustiada en las rodillas del apóstol.

La hoguera de San Juan se extinguía en la plaza,
junto a la fuente.

No resulta arriesgado afirmar que la periodista y la poeta afloran por igual en este libro, bien por el enigma que entrañan o por las anécdotas aptas para titulares de prensa. Algunos de estos cuentos, entre ellos El 6A y La carrera, me llevan a recordar el gran interés de la autora por el periodismo de investigación. Sin embargo, es en Desniveles donde podemos encontrar a un personaje perfectamente análogo a esa suerte de detective en que deben convertirse los periodistas de fuente tan delicada; aquí la narradora se deja arrastrar (¿en verdad o es solo en la imaginación?) por la incógnita que representa su protagonista hasta rozar ambientes sórdidos y oscuros, los mismos que (no por casualidad) deseaba plasmar en su «ejercicio de escritura».
Una cierta sordidez, siempre tratada con gran sutileza, asoma también en otros relatos como contraste a la limpidez y transparencia de su lenguaje y, en el caso preciso de Desniveles, incluso como contraste a la vida sencilla y plácida de quien suele sentarse en la plaza de un pueblo para ver pasar y saludar vecinos. En este sentido, notable es La prueba, capaz de contarnos un intercambio de parejas en medio de un espléndido ambiente nocturno y como el inicio del verdadero amor.
Y es que el amor, sin duda alguna, es aquí el tema principal. Empezando por ese primer enamoramiento o inicio de educación sentimental presente en Colores cálidos, hasta el peligroso, obsesivo y letal de La carrera. Entre ellos una extensa gama: aquel amor de toda la vida capaz de dar solo La vida a ratos; el imposible de Rosa y el mar; el que pudo ser posible de El ruso al que no leí mis poemas; el que está a punto de pasar la prueba máxima en Rojo pasión verde esperanza; el traidor de esa suerte de fábula intemporal titulada El hechizo, así como el condenado de las historias paralelas de Rol en juego. Aunque seguramente sea en el algo grotesco La señora de la risa donde se guarda la más grande historia de amor.
Otra obsesión, y también, de seguro, otro tipo de amor, se nos ofrece en El regalo, donde el destino del cazador no puede ser otro que lograr el último descanso acariciando su presa. Mención aparte merece La maleta, magnífico relato con visos de fantástico (género que hace guiños en algunos otros cuentos) donde «el otro» no es el doble pero sí el mismo.
Si alguien se preguntara qué une a todos estos cuentos tal vez encuentre la respuesta en uno de ellos. Se trata de ese «hilo de las palabras» con que la protagonista de Zurcido invisible se empeña en tejer recuerdos para al final, remedando a la sempiterna Penélope, destejerlos y perder para siempre el «hilo de la memoria». ¿Y qué otra cosa hace el escritor si no es tejer con palabras su propia memoria inventada?

***

Empecé hablando de la saudade porque ella parece impregnar la mayor parte de los relatos de este libro. Sin duda esa sensación tiene mucho que ver con el tono autobiográfico de buena parte de ellos, convocando, además, momentos de la infancia y la adolescencia. No obstante, eso no es suficiente para que un cuento despierte recónditas emociones. Hace falta un tratamiento que involucre al lector y le revele partes, no precisamente de su propia vida, más bien de su propia condición humana, como reclamaba Julio Cortázar. Creo que, en este sentido, la sabiduría que otorga la «distancia» resulta fundamental.
Y es que el narrador más recurrente de Marian Castillo, no importa si en primera o tercera persona, si en tiempo presente como en La habitación o en pasado como en La despedida, es capaz de ofrecer tanta distancia (como si los escribiera incluso desde otra dimensión) que la empatía que se reclama del receptor, más que dirigida a los personajes o a la acción, se prende de esa lejana, pero siempre involucrada y comprensiva, voz que los convoca. Cualidad que otorga a estos cuentos una cierta atmósfera de «vaporosidad» característica de los cielos inasibles entre el día y la noche, de esos ritmos que no sabemos por qué nos hieren placenteramente el corazón.



No hay comentarios:

Publicar un comentario