viernes, 8 de marzo de 2013

El llano y el mar



La finca del tío Rodolfo estaba perdida en el medio del llano. La primera vez que fuimos, el viaje desde Caracas fue eterno. Cuando la autopista dejó atrás las ciudades, y nos metimos de lleno a atravesar montañas, el verde se hizo dueño del paisaje en distintos tonos y posturas. Para ese momento ya habíamos cantado todas las canciones que recordábamos y los niños habían dormido y despertado varias veces.

Las curvas y los camiones nos tenían alerta, por suerte viajábamos en marzo y dominaba la sequía, así que vimos algunos incendios corriendo montaña arriba como peines de fuego arrasando con todo, algunas colinas ya estaban calvas. Al menos no llovía.

De pronto tuve la misma sensación que se tiene cuando se baja a la playa desde Caracas hacia La Guaira y, después de alguna curva, se ve el mar inmenso como esperándonos. Igual se presentó el llano, de repente, como si nos hubiéramos posado en la línea del horizonte y por ella seguíamos sin ver ningún relieve. Los pueblos polvorientos aparecían de vez en cuando y la gente pasaba a caballo o a pie por la orilla de la carretera con una lentitud casi envidiable.

Intentábamos alargar las paradas porque desde hacía horas nos esperaban en la finca, pero mi esposo quería fotografiarlo todo. El marco de la ventanilla del auto encuadraba las imágenes y yo trataba de recogerlas en mi memoria. En un par de ocasiones nos detuvimos a captar con la cámara esos paisajes. Una de esas veces se trataba un juego de fútbol en medio del llano, el suelo árido, la red de la portería a punto de caer al piso por el cansancio y un grupo de niños, cuyas ropas tenían en mismo color de la tierra, pateando con chanclas una pelota que parecía haber absorbido ella sola todos los colores. Esa era la imagen que yo vi, la que recuerdo.

Sin embargo, cuando nos entregaron las fotos del viaje, entre sonrisas de mis hijos, caballos y planicies, apareció una foto en blanco y negro. El llano se había convertido en el mar que yo había sentido la primera vez que lo vi y de sus profundidades salía una red que podía ser de un pescador o el resultado de un naufragio cercano. No estaban los jugadores, ni su ruido, ni sus carreras, todos quedaron fuera del encuadre. Mi esposo dijo que se le había disparado la cámara, pero que le había gustado el resultado. Yo insistí en el mar, en ese mar que siempre nos persigue.
Mayo 2004

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